La fábula del hombre justo, una historia sobre el triunfo de la verdad

La fábula del hombre justo nos cuenta la historia de un campesino que vivía en un lejano país, siendo su modo de actuar un modelo de conducta. Todos sus vecinos lo apreciaban, consultándole con frecuencia cuando tenían problemas. Así mismo, estaban pendientes de lo que pudiera necesitar.

Era un gran trabajador. Se levantaba con las primeras luces y trabajaba sin descanso para mantener a su familia. En su mesa siempre había pan, fruto de su ardua labor. Podemos decir que era un hombre feliz.

Dice la fábula del hombre justo que el campesino tenía un pequeño rebaño de ovejas, pero un día notó que faltaba una. Era la más pequeña. Quizás se había ido por ahí y ahora estaba perdida. Sin dudarlo, se adentró en el campo para buscar al animal. Caminó y caminó hasta que por fin la divisó cerca de una zona rocosa.

“Donde hay poca justicia es un peligro tener razón”.

-Francisco de Quevedo-

Un hallazgo inesperado

El campesino se acercó y la pequeña oveja se sobresaltó. Dio un brinco y quedó atrapada entre unas piedras. El hombre apresuró el paso y cuando llegó a donde estaba el animal, comenzó a remover las rocas para liberarla. No era fácil porque la zona era muy irregular. Estaba a punto de lograrlo cuando observó brillar algo debajo de las piedras.

Intrigado, siguió escarbando después de liberar a la oveja. Cuál no sería su sorpresa cuando identificó el estímulo de su curiosidad: un enorme diamante pegado a una roca. Con cuidado lo desprendió, para correr a casa y contarle lo sucedido a su mujer.

Cuenta la fábula del hombre justo que la esposa saltaba de alegría. Esos riscos quedaban dentro del terreno del que eran propietarios. Así no había discusión: ahora eran millonarios. Los dos volvieron al sitio para ver si había más piedras preciosas, pero no encontraron nada. No les importó, con el diamante era suficiente.

Una reacción sorpresiva

La noticia corrió como la pólvora. De muchas partes llegaron los conocidos para felicitarles. Todos sentían gran afecto por aquel hombre, que en muchas oportunidades les había ayudado de mil maneras. Hubo un gran festejo. Sin embargo, al hombre más rico del poblado no le hizo ninguna gracia lo sucedido.

Este hacendado era poderoso y sintió celos por la buena fortuna del campesino. Cuenta la fábula del hombre justo que no dormía de la envidia que sentía. ¿Cómo era posible que aquel pobre hombre fuera, de la noche a la mañana, tan acaudalado como él? No toleraba la idea de ver a aquel campesino como a un igual por obra del azar.

Fue tanto su encono que decidió no permitir que el campesino disfrutara de su fortuna. Tan pronto como pudo fue a ver al juez, su amigo y denunció al buen hombre por robo. Aseguró que ese diamante estaba dentro de su propiedad y que el campesino había entrado furtivamente para robarlo. El juez decidió apoyarlo en ese propósito ruin.

Una moraleja en la fábula del hombre justo

De la noche a la mañana, llegaron varios policías a la casa del campesino y lo apresaron. Luego lo condujeron a la cárcel, sin hacer caso de los ruegos del buen hombre ni del llanto de su esposa. Era la palabra de un trabajador humilde contra la de hombre más poderoso del poblado. Además, el juez era su amigo. La suerte parecía echada.

Cuenta la fábula del hombre justo que los amigos del campesino llegaron en masa hasta el tribunal. El juez se dio cuenta de que no iba a ser tan fácil inculparlo. No quería ganarse la enemistad de todo el pueblo. Así que decidió urdir un plan para salirse con la suya. Les dijo a todos que dejaría la decisión en manos de la Providencia. Luego ordenó un receso.

El juez fue aparte y tomó dos papeles. En ambos escribió la palabra “Culpable”. Al rato reanudó el juicio y les dijo a todos que la situación quedaba en manos de Dios. Agregó que tenía dos papeletas: en una decía “Culpable” y en la otra “Inocente”. El campesino debía elegir una de las dos y así todo quedaría decidido.

El campesino sabía que todo era una trampa. Dice la fábula del hombre justo que pensó un momento. Luego tomó una de las papeletas y se la comió. Todos quedaron asombrados. El juez, impaciente, dijo que había arruinado todo. ¿Ahora cómo iban a saber el veredicto? El campesino sonrió. “Es muy sencillo. Solo es cuestión de mirar la papeleta que no elegí para saber qué decía la que sí elegí y me tragué”. Poco después fue liberado.

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